Bocanegra

—Su informe emana incompetencia —le dijo Don Eulalio Bocanegra a mi compañera Agni. Como solía pasar, yo pude verlo y oírlo bien de cerca, ya que me sentaba en el pasillo, justo frente a la ventana de su despacho.

Así empezó el que sería el día más extraño de mi carrera profesional, del que juré que no hablaría jamás, pero bueno, ya ha pasado suficiente tiempo de aquello, muchos de los protagonistas ya no están con nosotros… y aquí estoy contándotelo.

A los pocos minutos, Don Eulalio Bocanegra arrugó el informe “de los jueves” que Agni le había entregado formando una pelota y, como era ya un clásico, lo tiró por la puerta. Siempre transmitía un especial y cuidado desprecio por cualquier cosa que viniera de un inferior en la jerarquía, más aún si venía de la “clase inferior”, los subcontratados como éramos nosotros. 

Agni salió del despacho. El siguiente en entrar a rendir las cuentas semanales era yo.

El despacho de Bocanegra estaba en la última planta del edificio de oficinas que MOVIFON tenía en el paseo de Recoletos en Madrid. Era amplio y a la vez vacío, su mesa era un escritorio con un par de cajones —en uno de ellos se rumoreaba que guardaba un revólver— y sin recuerdos, fotos o rastro de vida personal.

Bocanegra rondaba los 60, de calva tostada por rayos uva, vestía americanas anchas, intentando esconder su descuidada figura. Y siempre tenía esa falsa sonrisa forzada de vendedor.

Me tocaba pasar. Era mi turno.

Cogí el PowerPoint impreso y crucé la puerta del despacho. Bocanegra imponía miedo, inseguridad y humillación, más aún a gente como yo o Agni, que por aquellos entonces estábamos en nuestros primeros años de trabajo. Además, dicho sea, yo tenía la certeza de que le caía especialmente mal y creo que era por haber estudiado ingeniería informática, la programación era una profesión que menospreciaba especialmente.

—Don Garzás, el informe —me dijo. 

Bocanegra nunca te llamaba por tu nombre, siempre usaba el apellido, decía que por el nombre solo llamaba a los amigos.

Se lo entregué y tras esperar unos minutos, que se hacían años, de pie frente a su mesa, me contestó, sin mirarme, mientras garabateaba en las hojas cosas sin sentido con su pluma corporativa: “le felicito, su propuesta es la menos vomitiva que he leído hoy, llévesela y corrija las anotaciones”. Me entregó las hojas y la pluma que había usado, que quise devolverle, pero me contestó con un “quédesela, tiene tantos años que es tan poco útil como la mitad de su informe”.     

Un rato después, como a media mañana, mientras andaba intentando adivinar que ponía en aquellos garabatos, y los transcribía con mi letra y la pluma que me había dejado, se presentaron en su despacho dos tipos bastante extraños y que nunca antes había visto por allí.

El más joven, que rondaría los 40 y tantos, generó en mí una especial admiración e interés que, a pesar de todo lo que ocurrió después, aún conservo. Vestía una vieja gabardina negra y, como inevitablemente un rato después sabría, y jamás olvidaré, se llamaba Lucas Demarco. 

Lucas era un mercenario que se dedicaba a hacerse por cualquier medio con tecnología vintage de culto que luego vendía y por la que hay gente que paga mucho. Cazaba reliquias tecnológicas, cualquier cosa de alto valor, desde el primer ZX Spectrum que entró en España hasta el cuaderno de notas original del creador del videojuego de “la abadía del crimen”, si bien el mayor pelotazo de Lucas fue hacerse —de maneras que nunca quedaron claras— con una copia nueva, sin sacar de su caja, del Super Mario para NES del año 85… que debió vender por una fortuna.

El otro, que pasaba de los 70, se llamaba Nuth. Aunque era bastante mayor impresionaba porque llevaba un parche en el ojo izquierdo y resultó ser un veterano ex profesor de la escuela de informática de la Complutense, que ahora se dedicaba a preservación tecnológica, que viene a ser algo así como intentar que tecnología antigua, ya en desuso, no desaparezca y salvaguardar algoritmos alojados en medios hoy obsoletos.  

Lucas Demarco y Nuth entraron en el despacho de Bocanegra y cerraron la puerta. 

No habían pasado ni 5 segundos cuando por la ventana vi a los tres discutiendo y gesticulando de manera violenta. Aunque no escuchaba lo que decían, por momentos creí que llegaban a las manos, incluso ya veía que en una de estas Bocanegra sacaba ese supuesto revolver que decían que guardaba y nos confirmaba todas las leyendas oscuras que había sobre su persona. 

De repente, en el momento de mayor tensión, mientras yo miraba con la boca abierta, Bocanegra se dirigió hacia la puerta del despacho, la abrió violentamente y me clavó la mirada… hizo una pausa y dijo… “Garzás, al despacho”. 

¡Joder Dios! que miedo pasé. Me temblaban las piernas. En algo la había liado y no sabía qué, seguro, ¡pero si yo no conocía aquellos dos tipos!, joder, joder, no dejaba de escudriñar mi memoria intentando pensar en qué podría haberla liado para preparar mi defensa, en los pocos segundos que tenía antes de llegar de mi mesa a su despacho. 

Cuando entré se cortaba el ambiente. La sala pedía a gritos que se abriera la ventana. Y los tres me clavaban la mirada sin mediar palabra. 

—Vas a acompañar a estos dos señores sin hacer preguntas, cero. Me recoges una caja que te van a dar, te vas a tu casa, te tomas el día libre y mañana me la traes aquí intacta, tal y como te la den, sin tocarla, sin abrirla, sin mirarla, que no te conviene y no son asuntos tuyos. Ah, y te llevas el informe y me lo terminas en casita para mañana —me dijo Don Eulalio.

Cogí mis cuatro cosas y salí pitando detrás de Lucas y Nuth, que ya salían con paso firme de las oficinas de MOVIFON. Los seguí hasta el parking y sin mediar palabra entendí que tenía que sentarme en la parte trasera. Lucas conducía. Íbamos a toda pastilla Castellana abajo.

Después de un rato en total silencio, aparcaron el coche por la zona del jardín botánico Alfonso XIII y en ese momento ya no aguanté más y pregunté “¿podría saber dónde vamos?”. Durante unos segundos eternos nadie contestó. De repente se dieron la vuelta, me clavaron la mirada y me dijeron…

—A la biblioteca de los algoritmos malditos, ponte este antifaz, muy pocos pueden saber dónde se encuentra.

…Quizá, algún día, continuará en mi primera novela, feliz día del libro. Javier Garzás

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Fuente: Javier Garzás (Bocanegra).